domingo, 17 de marzo de 2013

EL ANTÍDOTO DE LA PROCRASTINACIÓN

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     La procrastinación es un problema mundial. La grandilocuencia de la frase no le resta veracidad. Un estudio sobre la jornada laboral en Estados Unidos ha estimado que el 25% de la jornada es prácticamente improductiva por esta causa. Hagamos una extrapolación intuitiva y comprenderemos la magnitud del problema, tanto en nuestra vida como en la de nuestros hijos. En nuestro ámbito personal, la procrastinación extrema puede dar lugar a una vida con más sueños que realidades, más frustraciones y tareas pendientes que logros. Por ello hay que combatirla, con realismo y sabiendo que sus causas hacen difícil la erradicación, sobre todo en los casos agudos, pero que se puede mejorar sustancialmente si uno se esfuerza día a día.
     Hay tres claves esenciales para atajarla:
  1. Saber que uno procrastina, reconocerlo, querer dejar de hacerlo y estar vigilante para evitarla allá donde se presente. 
  2. Tener un modelo ágil y eficaz de asignación de prioridades a las tareas.
  3. Manejar adecuadamente los factores que influyen en la motivación para elevarla, ya que a más motivación, menos riesgo de procrastinación. Y a la inversa. Esta es una idea esencial: motivación y procrastinación son conceptos contradictorios; una crece cuando la otra disminuye.
     La primera necesita pocas aclaraciones. Si no se reconoce o no se quiere cambiar, lo demás sobra. Sobre la segunda hablaré probablemente en un futuro post. Pasemos a la tercera: la motivación. Para analizarla y saber cómo gestionarla, los expertos han partido de las ecuaciones de los economistas sobre la toma de decisiones.
     Como no es cosa de incluir fórmulas, os pido un esfuerzo de imaginación espacial. O, casi mejor, un lápiz y un papel. Podemos decir que la motivación equivale a una fracción en cuyo numerador está la expectativa y la valoración. La expectativa es la probabilidad de conseguir algo o la confianza en ello. La valoración alude a lo que se estima o desagrada el resultado de lo que se hace. Cuando suben estos dos factores, expectativa y valoración, se incrementa la motivación. Y a la inversa cuando bajan.
     En el denominador, tenemos otros dos aspectos: impulsividad personal y demora de la satisfacción (o tiempo que tardaría la retribución). Cuando suben estos dos factores, impulsividad y demora, la motivación baja. Y a la inversa.
     Traducido a un lenguaje más simple, la motivación será mayor cuantas más expectativas reales tengamos de conseguir algo y más valioso sea. Por el contrario,disminuirá cuanto más alejada en el tiempo esté la posibilidad de conseguirlo y más impulsivos seamos.
     Como la procrastinación se mueve de forma inversa a la motivación, hagamos también su traducción. Tenemos más peligro de procrastinar y desviarnos de nuestro camino razonable cuanto más impulsivos seamos y más lejana en el tiempo esté la posibilidad de culminar o conseguir algo. Evitaremos el riesgo cuando tengamos más expectativas reales de conseguir algo y más valioso sea.
     Hay personas con un alto poder de automotivación que, consecuentemente, apenas tienen riesgo de procrastinar y padecer sus negativas consecuencias. Eso es algo que debemos tener en cuenta para aconsejar a nuestros hijos: si elevan su motivación hacia lo importante, alejan el riesgo de la procrastinación. O, por detallar más, si elevan la confianza en sí mismos, la expectativa de éxito, y también la valoración de la tarea y de sus resultados, elevarán su motivación.
     Si aplicamos igualmente la fórmula en la parte del denominador, también elevarán la motivación si controlan poco a poco su nivel de impulsividad y si consiguen acortar el tiempo de demora en la obtención de resultados (cabría añadir que también se consigue si alargan la demora de satisfacción de las tentaciones alternativas).

     ¿Cuáles son las situaciones críticas en las que todos, procrastinadores extremos y quienes no lo son, podemos vernos enfrentados a situaciones de alto riesgo de procrastinación que conllevan? Son estas:
  1. Las tareas que no disfrutamos.
  2. Las tareas para las que no tenemos habilidad.
  3. Las tareas que no compensan por su gran dificultad.
  4. Las tareas que no compensan por el escaso reconocimiento previsible.
  5. Las tareas no previstas en nuestras agendas o planes.
  6. Las tareas que no comprendemos bien.
  7. Las tareas referidas a situaciones confusas y mal definidas.
     Identificar bien que nos encontramos ante una de estas tareas envenenadas también nos puede ayudar a estar atentos y superar el riesgo de procrastinación.
     Hay también factores externos a la tarea en cuestión que pueden ser dañinos por su tremenda atracción procrastinadora. No hay otro peor que la pantalla lúdica, cuya tentación se ha convertido en un gigantesco obstáculo para que las personas desarrollen sus tareas de forma puntual y eficiente. En eso coinciden todos los estudios: sea en forma de televisión (también a través de ordenador u otros terminales), teléfono móvil, correo electrónico, redes sociales, videojuegos o cualquier otra modalidad, nuestros hijos y no pocos de los adultos, entregan media vida a la diosa pantalla. Obviamente, dejamos aparte los casos en los que la pantalla es justamente un instrumento de trabajo (al menos, durante el tiempo en que lo es).
     Se han realizado estudios sobre la parte de jornada laboral degradada o inutilizada por elcorreo electrónico. La conclusión es que casi la tercera parte de ella resulta afectada. Se habla a menudo del spam (mensajes basura), en un sentido agresivo, pero a veces olvidamos la enorme cantidad de spam amigo con el que nuestros propios círculos nos castigan a diario. Además, el mail como factor de procrastinación presenta un problema añadido: nos engaña haciéndonos creer que realmente estamos trabajando, algo que no siempre es así.

LA PROCRASTINACIÓN ESTÁ EN EL CEREBRO

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     Uno de los principales problemas de la procrastinación para nuestros hijos es su prácticainvisibilidad en el momento en que está ocurriendo. Suele estar camuflada bajo un montón de malas excusas. Y lo cierto es que, para combatirla, el primer paso es evidente: reconocerla. Pero hay procrastinadores que no lo reconocerían ni a rastras. Prefieren refugiarse en la cantilena de problemas e inconvenientes de todo tipo, y luego buscar pseudoargumentos que enmascaren su problema. Veamos algunos de los más frecuentes:
  1. “Soy más creativo bajo presión y así me va bien”. Es indudable que toda la creatividad que surja en estas personas será bajo presión, porque no tienen alternativa. Esta creatividad podrá consolar, pero, en términos generales, no aguanta la comparación con la que nace libre de coacción temporal. Las buenas ideas necesitan reflexión, preparación e incluso su largo periodo de incubación, y eso no suele ocurrir bajo presión.
  2. “Soy más eficiente en el último minuto y así me va bien”. ¿Qué alternativa queda? ¿Optimizar esa supuesta eficiencia apurando plazos, pero arriesgándose a no llegar a tiempo? ¿Cuál es el límite: el último día, la última hora, el último minuto? ¿Es esa una opción o habría que convenir en que la acumulación gradual y temprana de trabajo ofrece una seguridad que jamás podrá ofrecer el último minuto?
  3. “Soy muy perfeccionista, por eso tardo en acabar, y así me va bien”. Los estudios han demostrado que el perfeccionismo apenas produce una dosis significativa de procrastinación. Por el contrario, los auténticos perfeccionistas, esmerados, ordenados y eficientes, no tienden a desviarse de sus objetivos ni a distraerse así como así. Es decir, la mayoría de las veces esa es una mentira piadosa.
     No cabe duda de que quienes así hablan suelen ser grandes aficionados al último minuto, y encuentran estímulos y alicientes en ello, no son simples masoquistas. Quizá sienten algo parecido al vértigo y la emoción del directo de los periodistas audiovisuales. Ahora bien, esa defensa del último minuto suena generalmente muy lastrada por sus propias inclinaciones personales, no está basada precisamente en razones objetivas.
     Pero además de prever estos argumentos defensivos, para entender mejor a los jóvenes procrastinadores es muy importante analizar las causas del problema. La procrastinación tiene un origen genético y evolutivo. La evolución es descendencia con cambios. Las modificaciones de mayor éxito adaptativo prosperan y prevalecen. Entonces se produce un desfase, porque la adaptación se ciñe a lo que existía antes. Ni anticipa ni predice, sino que mira al pasado. Es decir, la pautas adaptativas que triunfan, lo hacen con un desfase temporal.
     Pues bien, la procrastinación es una pauta comportamental anclada en un pasado inmemorial, cuando el ser humano aún no se procuraba el sustento con la agricultura y la ganadería. El medio o largo plazo eran entelequias sin sentido. Todo era aquí y ahora. El ser humano necesitaba impulsos primarios para sobrevivir, la planificación era inútil. La procrastinación es la expresión de nuestro desfase genético respecto al entorno actual. En definitiva, la procrastinación es la expresión organizativa de nuestra impulsividad atávica.Nuestro entorno ha cambiado. Si la impulsividad era entonces un salvavidas, ahora ya no lo es tanto, porque la vida, los planes y los proyectos son más a largo plazo. Para añadir complicaciones, la vida moderna dificulta la lucha contra la procrastinación, con su enorme cantidad de estímulos, y su tendencia al individualismo, al hedonismo y al deseo inmediato y consumista.
     ¿Dónde está la sede biológica de la procrastinación? En el cerebro, por supuesto. Perfilemos los dos sistemas cerebrales que están en lucha permanente dentro de nosotros. Es como si hablaran distinto idioma, nunca van al unísono, sino siempre el uno contra el otro. Según el equilibrio de poder que se establezca, actuaremos de manera másimpulsiva y visceral, o más planificada y racional. O con determinada combinación de pautas.
     El sistema límbico es el evolutivamente anterior o, si se quiere, inferior. Es una zona del cerebro que regula emociones, instintos, impulsos, automatismos y conductas intuitivas y viscerales. Toma decisiones rápidas, casi instantáneas, incita a la acción. No reacciona ante el medio plazo, solo lo hace ante lo inmediato. Es nuestro cerebro animal. Está condicionado por factores ambientales y sensoriales. Carece de poder de abstracción y nos predispone a lo que sea sin que nos demos cuenta. Genera la personalidad básica. Es la parte del cerebro que nos lanza hacia la procrastinación.
     La corteza prefrontal es evolutivamente posterior o, si se quiere, superior. En ella radica la percepción sensorial, la capacidad racional, la cognición, la reflexión, el control, la atención, la planificación, la secuenciación y la reorientación de la conducta. Es la única zona cerebral capaz de manejar ideas a largo plazo, más lenta en la toma de decisiones, pero mucho más flexible. Gestiona bien las visiones generales, los conceptos abstractos, las metas distantes. Es la parte del cerebro que se opone a la procrastinación. Es la directora de orquesta, la que armoniza racionalmente nuestras decisiones. Sin ella, el cerebro sería una orquesta cuyo director dejara la batuta en manos de una persona del público sin conocimientos musicales: el concierto sería un desconcierto.
     El sistema límbico se impone a la corteza prefrontal con más frecuencia en los impulsivos que en aquellos que no lo son. El sistema límbico consigue vetar, demorar o condicionar los planes a largo plazo de la corteza prefrontal y se inclina por lo inmediato, por la tentación del momento.
     Para entender bien la situación de nuestros hijos adolescentes, hay que tener en cuenta que aún están recibiendo retoques a su corteza prefrontal, por lo que están muy expuestos a la procrastinación, aunque eso no quiere decir que no puedan hacer nada para reconducirla.

¡TU HIJO ESTÁ PROCRASTINANDO!

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     “¿Pro… proqué? Oye tú, a mí no me sueltes esas cosas así como así. Mi hijo es un chico estupendo y estoy seguro de que nunca haría eso, que no sé lo que es, pero me suena fatal”.
     Bueno, mantengamos la calma. Estamos ante un problemón de campeonato, pero no hay que alarmarse. Lo que hay que hacer es actuar para mejorar. Porque procrastinar, lo que se dice procrastinar, alguna vez lo hacemos todos: tú, yo, él, ella y ese de al lado. Eso sí, unos bastante más que otros, y algunos, con una dedicación digna de mejor causa. Los jóvenes lo hacen más que los mayores, y las personas impulsivas o muy emocionales más que las racionales. De donde se desprende que los jóvenes muy emocionales son maestros entre los maestros en esa conducta. Ver a algunos de ellos procrastinando a lo loco hasta podría producir gracia, si no causara preocupación.
     Pero aclaremos, antes de profundizar en ella, que la palabra procrastinación no es demasiado empleada en español (de hecho, la definición que hace la Real Academia es totalmente insuficiente), pero su equivalente es bastante común en inglés (procastination). Es un término que proviene del latín (pro, hacia, y cras,mañana, por oposición a hoy) y es realmente un concepto con historia: Ciceróndejó dicho que "in rebus gerendis tarditas et procrastinatio odiosae sunt" (“En la ejecución de los asuntos, la lentitud y la procrastinación son odiosas”).
     Y ahora ya, bajo el amparo de esa luminaria del Imperio Romano, podemos sumergirnos en el gran problema de la procrastinación, una de las principales causas de ineficiencia en el trabajo del género humano, lo que incluye, obviamente, a estudiantes y a quienes no lo son, al margen de que se dediquen a la política, la literatura, la educación, las energías renovables o la industria pesquera. E incluso a la consultoría sobre procrastinación.

     Procrastinar es retrasar irracionalmente. Es dejar de hacer lo que realmente tenemos que hacer y, en su lugar, hacer lo que no habría por qué hacerprecisamente ahora. Es decir, es dedicarnos a lo secundario, a lo irrelevante o a pasar el rato, rompiendo así, a sabiendas, el orden de nuestras prioridades reales. Y, de camino, causándonos a nosotros mismos perjuicios evidentes:retrasos, incumplimientos, agobios, estrés, oportunidades perdidas, metas no alcanzadas, etc.
     Evitemos confusiones recalcando que no es sinónimo perfecto de diferir o aplazar como indica el Diccionario de la Real Academia. Si lo fuera, retrasar algo por causas razonables sería procrastinar, y lo cierto es que no lo es. Tampoco es sinónimo de incumplir, porque algunos incumplimientos pueden tener una causa objetiva y bien razonable. Se refiere a la demora o postergación, pero solo cuando es irracional o injustificada.
     Como en tantas otras cosas, en la procrastinación hay grados y ámbitos. Hay procrastinadores extremos o graduales, y los hay generales o limitados a ciertos ámbitos de la vida (pero no en otros, según los intereses).
     ¿Cuál es la principal causa de procrastinación? Respuesta simple y directa, en dos palabras: la impulsividad. Los impulsivos extremos son aquellos que se dejan arrastrar por el deseo inmediato, lo quieren todo cuanto antes y no controlan sus impulsos. Por así decir, solo viven el momento. Rara vez se muestran metódicos, ordenados y concienzudos, aunque, como dilatan tanto las tareas, y a veces saben disimular, parezca justo lo contrario. Les cuesta esforzarse a corto plazo en pos de un beneficio a largo plazo; es decir, se conforman con recibir menos ahora que más después. En general sondistraídos, poco previsores y no autocontrolados.
     Pero los procrastinadores no tienen por qué ser vagos que no quieran hacer nada. Los hay vagos y los hay que no lo son en absoluto. En el fondo, a estos últimos les gustaría hacer lo que deben, pero no lo hacen en el momento adecuado: alteran sus órdenes de prioridad y se desvían con minucias, porque cualquier cosa es una poderosa tentación. Dejan que el entorno, y no ellos, marque su ritmo personal y altere sus metas.
     Uno de sus principales problemas operativos es que carecen de tracción de arranque. Cuando empiezan a trabajar, experimentan el síndrome del sacapuntas. Se ponen a sacarle punta al lápiz, y a veinte lápices que tuvieran, antes de entrar en faena. Si intentan empezar algo no demasiado motivante sienten ansiedad, como si buscaran desesperadamente que algo les desvíe de sus débiles intentos de actuar. El reloj avanza, el tiempo se agota y el agobio hace aún más duro arrancar, por lo que alivian la presión haciendo como que hacen, ocupándose de cosas insignificantes o refugiándose en el entretenimiento para anestesiar su malestar difuso, siempre con la promesa ficticia de que “en cuanto acabe esto, ya me pongo en serio”.

     ¿Os suena de algo? El autoengaño justificativo es habitual en los procrastinadores, especialistas en echarle la culpa al calendario, a la complejidad o mala definición de la tarea, y a cualquier tipo de incidente sobrevenido. Y es que nadie sufre más imprevistos que los procrastinadores. Son los reyes de los imprevistos. Si vuestros hijos son propensos a este tipo de excusas, son claros candidatos. Cualquier justificación cabe en la ambigua zona de sombras entre no querer y no poder. Los hay incluso que se convencen de que, si no han hecho algo, es solo porque no era conveniente: disfrazan la procrastinación de decisión positiva.

     Los procrastinadores son vulnerables y se meten frecuentemente en situaciones complicadas, porque dejar todo para más adelante reduce dramáticamente el margen de error (por ejemplo, al estimar el tiempo necesario o la dificultad de la tarea) y anula la capacidad de torear los incidentes sobrevenidos. Con tiempo, cualquier problema es abordable; sin él, cualquier minucia es una catástrofe potencial. Que dejen las cosas para más adelante puede interpretarse erróneamente como un exceso de confianza, cuando en el fondo lo que les sucede es exactamente lo contrario.

     El rendimiento promedio de los procrastinadores extremos es inferior al de los no procrastinadores por dos motivos: porque reducen su tiempo de trabajo efectivo y porque ese tiempo es bastante menos productivo y más expuesto a nervios, incidentes o retrasos.

     Al final, suelen acabar reduciendo la tarea a su esqueleto, a lo básico, y se convencen de que solo hacen progresos fabulosos en el mismísimo borde de la línea roja. También son los reyes de la deadline. Por lo general no es así, pero se sienten compensados por el gran alivio de haber cumplido, mal que bien, cuando ya habían perdido las esperanzas. Ese último respiro les genera su pizca de orgullo y una frecuente sobrevaloración de la calidad de su trabajo.

     Pero muchos procrastinadores extremos se ven sometidos a frecuentes episodios de fuerte estrés, como consecuencia de las dificultades para llevar adelante sus tareas, y también por los sentimientos de culpa que generan las continuas dilaciones. De hecho, como dicen los expertos, el miedo a hacer una tarea les consume más energía que hacerla. Una de las consecuencias de esta situación es que, a menudo, tienden a concebir de una manera agónica sus responsabilidades y, además, a exagerar artificialmente la magnitud de sus tareas.

     Como ha quedado dicho, hay procrastinadores extremos, medianos y ocasionales, y también es perfectamente posible que una persona sea procrastinadora en general, o en determinados ámbitos que no le atraigan, y no lo sea en otros en los que se sienta motivada. La motivación y la procrastinación son inversamente proporcionales, por lo que, depende del ámbito en cuestión,una persona puede ser a la vez procrastinadora en esto y previsora, cumplidora y eficiente en aquello otro.

¿PREMIAR POR ESTUDIAR?

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     “Te regalo una moto si apruebas todo el curso”. ¿Os suena de algo? ¿Habéis oído esa frasecita? Peor aún, ¿la habéis pronunciado? Mil perdones, pero debo decir que, normalmente, es un gran error, y que me disculpen también los fabricantes de motos, los motoristas, los mecánicos de motos e incluso William S. Harley y su amigo Arthur Davidson en persona.
     Utilizo la moto como símbolo. No tengo nada contra las motos conducidas como si fueran skateboards en el Paseo de la Castellana, de Madrid, por estudiantes de Bachillerato, como tampoco contra los coches deportivos de color rojo en manos de chicos de 18 años y un mes. Pobres motos y pobres coches. Pero, dejando a salvo posibles excepciones, lo tengo, y mucho, contra el trasfondo educativo que hay en esas situaciones.
     Cuando los padres utilizan la moto (insisto, como símbolo) como premio, convendría que tuvieran en cuenta esta especie de diez mandamientos sobre el arte de premiar conductas adecuadas, con el fin de que los premios, en lugar de ser perniciosos, sirvan de refuerzo de los comportamientos positivos:
  1. Explicar las razones concretas del premio (no dejarlas en la niebla de una conducta general).
  2. Premiar más pronto que tarde (el retraso diluye el vínculo con la conducta premiada).
  3. Premiar algo realmente destacado dentro del contexto general (no cualquier cosa, aunque sea positiva).
  4. Premiar más bien pocas que muchas veces (los premios continuos se perjudican unos a otros en su respectiva capacidad de refuerzo).
  5. Premiar con algo que sea apreciado por el premiado (no solo por el premiador).
  6. Premiar con algo que no sea considerado negativo por el premiador (aunque sea deseado por el premiado).
  7. Premiar especialmente las conductas que supongan un cambio a mejor (más que las rutinarias, aunque puedan ser positivas: esas no necesitan apenas refuerzo).
  8. No incumplir jamás la concesión de un premio cuando se cumplan las condiciones preestablecidas.
  9. Distinguir las situaciones en las que un reconocimiento sincero tiene igual o más valor que un premio material.
  10. Premiar de forma ponderada (no dar premios exagerados por conductas normales o incluso exigibles).
     A la luz de esta decena de pautas, la mayoría bastante reconocidas por todos a poco que las piensen, creo que podremos mirar de otra manera la situación en la que los padres (generalmente el padre) le prometen una moto a un chico de 17 o 18 años simplemente por aprobar (habrá ocasiones en las que solo aprobar ya es muy meritorio, pero no son, ni mucho menos, la mayoría).
     En términos generales, prometer una moto a un chico o una chica para que haga aquello que tiene obligación de hacer incumple sobre todo el punto 10 y el 3, y probablemente también el 6 y el 7. Si a ellos sumamos que, a menudo, la razón de la moto de un joven es simplemente que su amigo o su amiga ya la tienen, hay que reconocer que la moto puede ser cualquier cosa, menos un premio razonable. En muchos casos se ha convertido en una especie de derecho básico de la juventud. Lo cual es una aberración. Todo ello, sin contar con la cuestionable capacidad de conducir con sensatez y sin sobrevalorarse de muchos adolescentes, que raramente llega a ser de aprobado raspado.
     Dejando aparte el motorismo deportivo, el síndrome de la moto adolescente es una moda, una tendencia, un sueño juvenil, una exigencia filial o todo lo que se quiera, pero, desde luego, en la mayoría de los casos, no es precisamente un acierto educativo.
      Con el permiso de nuestros campeones mundiales y de los numerosos aficionados al género.

NO TODO SE APRENDE EN EL COLEGIO

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     El título es de usos múltiples. En manos del lector quedan sus connotaciones. Estas van desde la más obvia e inocente, que el colegio no es el único lugar en el que se aprende; a la más incómoda, que ya está bien de depositar en los centros la responsabilidad educativa universal, y que padres, instituciones, autoridades, sociedad civil, agentes culturales y mediáticos, y el mismísimo estudiante tienen algunas responsabilidades a las que hacer honor.

     De las interpretaciones me gusta más la incómoda y, pidiendo humildemente permiso al periodista Javier Sampedro, me remontaré a Darwin para desarrollarla. Los seres humanos formamos parte de la naturaleza, pero nos hemos agenciado una pequeña escapatoria para no regirnos del todo por sus leyes. En 1859, contra viento y marea, y 23 años después de su viaje en el Beagle, Darwin (conceptualmente acompañado de Alfred Russel Wallace) se atrevió a plantear que, en una especie de ensayo y error continuado, la naturaleza evoluciona en un proceso evolutivo de millones de años basado en dos ideas: descendencia con modificaciones (o herencia genética con mutaciones, en lenguaje de hoy) y adaptación al entorno local (gracias a la selección natural, que no es que el pez grande se coma al chico, sino que el pez adaptado a su entorno prolifera más que el que no se entera de qué va la fiesta). 

     La evolución natural es desesperantemente lenta y, por paradójico que suene, más que proyectarse al futuro, es hija del pasado. Hemos decidido que no disponemos de tiempo y debemos adaptarnos al futuro de forma acelerada. También que, en lugar de adaptarnos al entorno local es mejor hacerlo a un entorno global. Son dos ideas esenciales: aceleración y globalización.
 
     El aprendizaje es nuestra mejor alternativa para esas redefinidas reglas del juego, porque, en el corto periodo de la vida humana, no podemos permitirnos el lujo de cambiar a ritmo natural. Necesitamos acelerar: aprender rápidamente lo que otros han aprendido y descubierto antes que nosotros. Para eso tenemos los sistemas educativos, creados inicialmente para asegurar la difusión y replicación de valores y pautas sociales, y que ahora son imprescindibles para acelerar nuestro proceso de aprendizaje (y posterior cambio).

     Pues bien, la existencia de un ámbito genéricamente tan eficiente como el sistema educativo ha traído una consecuencia indeseable: la idea de que toda la educación es precisamente responsabilidad del sistema educativo. En otras palabras, muchos piensan y pocos dicen que son los profesores los que tienen que enseñarlo todo.

     Lo mismo da que se trate de resolver inecuaciones de segundo grado, explicar las consecuencias de la Revolución Francesa, apreciar el diabólico humor de Quevedo o conocer el modelo atómico estándar (que puede ser muy estándar, pero no se está precisamente quieto). Y también pedimos que en el comedor enseñen a nuestros hijos a manejar con soltura y corrección el cuchillo y el tenedor, que les proporcionen criterio para no quedarse obnubilados ante la telebasura, que les adiestren en las normas de tráfico, que les sensibilicen contra los malos tratos y las discriminaciones raciales, que les impregnen de espíritu emprendedor y que les acerquen los valores morales necesarios para ser ciudadanos responsables. Y por qué no, que les enseñen a cocinar o, ya puestos, también a planchar o a hacerse la maleta.

     Todo eso está bien. Todo es necesario. ¿Pero todo lo deben aprender en el colegio o el instituto? ¿A qué nos dedicamos en casa? ¿A quejarnos de que en el colegio no enseñan como nos gustaría? ¿En dónde guardamos nuestra responsabilidad personal de educadores de nuestros hijos? ¿Por qué tantos adultos delegan casi todo en los profesores?

     Creo que mirar para otra parte cuando nos toca ejercer de educadores no es razonable, ni conveniente ni moralmente aceptable. Los padres en particular, y también la sociedad en múltiples facetas, tienen una responsabilidad de la que no se puede abdicar. Derivar todo al colegio o el instituto no tiene sentido. Los horarios académicos no son de plastilina, no podemos ir llenándolos incesantemente de cosas muy importantes sin sacar otras tan importantes o quizá más. Tenemos que jerarquizar, y eso obliga a dejar cosas fuera, porque el tiempo de nuestros estudiantes y nuestros profesores no es más elástico que el nuestro, aunque resulte cómodo pensarlo. Así que debemos ser conscientes de que, con un tiempo limitado, quedarán fuera temas importantes, incluso importantísimos. 

      La educación es una tarea compartida, y muchas de las cosas que queremos que asuman nuestros hijos tendremos que enseñárselas en casa, y no siempre con palabras, sino a menudo con el ejemplo. La Constitución puede enseñarse en clase, pero a ser un buen ciudadano se aprende en casa. La Semana de la Solidaridad puede celebrarse en el centro escolar. Pero la sensibilidad social se aprende en casa. El debate civilizado se puede practicar en clase, pero el respeto a la diferencia razonable de ideas se aprende en casa. 

     Porque si no, a este paso, cuando un chico deje la ropa usada tirada en el suelo también le vamos a echar la culpa al instituto. Por no habérselo enseñado. 

¿En lugar de qué?


jueves, 14 de marzo de 2013

LA TRAMPA DE LA MULTITAREA

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     A mediados del siglo XVI no existían Facebook, Twiter, WhatsApp o Tuenti, los modernos herederos de la televisión en la categoría de ladrones de tiempo, pero ya había quien denunciaba los problemas derivados de querer estar a la vez en todas partes, la mejor manera de no estar de forma provechosa en ninguna. Nada menos que el filósofo Blaise Pascal decía: “La desgracia del hombre proviene de una sola cosa, y es el no saber permanecer en reposo en una habitación...”.

     Pascal murió a los 39 años, pero seguro que le hubiera dado un patatús aún más prematuro si hubiera tenido ocasión de ver a los jóvenes del siglo XXI en sus habituales sesiones de multitarea. Es decir, haciendo simultáneamente cosas como ver la tele, repasar un examen, atender al mail, mantener una charla por WhatsApp, oír música con un solo auricular, tener el ordenador portátil sobre sus piernas vomitando fuego, tomarse un vaso de zumo y un par de galletas (sembrando de miguitas el sofá) y consultar en la web qué ponen en la mismísima tele que está viendo, todo ello mientras se van poniendo poco a poco el pijama.

     Así que aquel deseo de Pascal de permanecer en reposo en una habitación, se supone que concentrado en sus pensamientos o simplemente relajado, es hoy casi una especie de locura o alucinación. Con la salvedad de esos seres excepcionales que practican yoga o meditación trascendental. Pero creo que no vendría mal recuperar la certeza de que la multitarea es una trampa paquidérmica. ¿Por qué? 

     Para empezar, porque está demostrado científicamente que se produce un considerable bajón en la atención y el rendimiento intelectual de los jóvenes (y no tan jóvenes) en situación de multitarea respecto a aquellos que se concentran en una tarea y solo después se ocupan de otra. 

     Imagino que más de uno tendrá la tentación de objetar: “No, qué va… Eso les pasará a algunos, pero a mí desde luego que no. Yo puedo hacerlo todo bien en esas condiciones. Y, además, me gusta. Tengo la sensación de aprovechar bien el tiempo”. Si eso fuera así realmente, mi más sincera enhorabuena, porque debe de ser de los poquísimos del planeta Tierra. Pero lo normal es que se esté sobrevalorando.

     Dejaré que lo demuestren los científicos de la Universidad de Stanford (Estados Unidos). En el estudio que se puede consultar aquí, realizado hace más de tres años, demostraron cómo se altera el control cognitivo y, en consecuencia, se deteriora el rendimiento en situación de multitarea. Uno de los investigadores de Stanford, el profesor Cliford Nass, llega a hablar de los jóvenes multitarea como “los retoños de la irrelevancia” porque “todo les distrae”. Otro investigador, Eyal Ophir, añade: “Seguimos buscando en qué son mejores [los jóvenes multitarea] y no lo hemos encontrado”. Según mi experiencia, ya pueden seguir buscando, que no lo encontrarán.

     Una de mis frases preferidas para el día a día es esta: “Todo a la vez es nada por el momento”. En primer lugar, hacerlo todo a la vez es desatender un mínimo criterio de prioridades racionales, y eso no es bueno, sino todo lo contrario (más adelante hablaremos aquí de una propuesta de modelo de prioridades para los estudiantes).
     En segundo lugar, porque los humanos no somos exactamente computadoras infalibles. La calidad de nuestro trabajo no es independiente de nuestro nivel de concentración. Más bien lo contrario. Es posible estar concentrado en algo, generalmente no muy amplio, pero no lo es estar concentrado en todo lo que pasa alrededor (solo el gran Jason Bourne, el especialista multitarea por excelencia, y algún que otro espía lo consiguen).
 
     La concentración en la tarea permite mejorar considerablemente varias facetas importantes del funcionamiento mental:
  1. la velocidad de procesamiento.
  2. la agudeza perceptiva y de razonamiento.
  3. la profundidad mental.
  4. la capacidad de asociación de ideas.
  5. la sensibilidad frente a los propios errores.
     En fin… ¿cómo lo diría? La diferencia entre hacer algo de forma concentrada o de forma dispersa es tan grande que la consecuencia suele ser hacerlo bien o hacerlo mal. Por no hablar de la relajación… ¿Cómo es posible relajarse con tres pantallas delante de los ojos, una docena de mensajes por minuto y ocho o nueve cosas por hacer casi simultáneamente?

     Algunos creen incluso que la multitarea es síntoma de inteligencia. Ignoro en qué se basan, más allá del caso Bourne. Pero creo que, si uno se para un momento a pensarlo y se olvida de sus costrumbres, podría ver con objetividad que la multitarea es una amenaza permanente contra la calidad del trabajo, con todas sus consecuencias en los resultados académicos, y, en la misma medida, contra la calidad del descanso, con todas sus consecuencias en el nivel de estrés y en la salud.

     Demos un paso adelante: para cambiar un hábito dañino es esencial identificar el peligro. Pues bien, ¿dónde está el principal peligro de la multitarea? Nadie lo duda, ¿verdad? En la pantalla. En cualquiera de sus modalidades, con la excepción evidente de que se esté trabajando con el ordenador. ¿Alguien puede decírselo a nuestros jóvenes?
 
     No le harán caso, pero estarán avisados. O, al menos, les distraeremos durante cinco segundos de su multitarea. Algo es algo.


LA EDUCACIÓN TRAICIONADA

http://blogs.elpais.com/ayuda-al-estudiante/2013/02/la-educacion-traicionada.html#more
     Decir que la educación es muy importante y en ella nos jugamos el futuro ya no sirve para nada. Porque es un tópico sin el que nadie sale de casa, y mucho menos el político que va al encuentro de un micrófono o una cámara. Como todo el mundo lo suscribe y nadie dice lo contrario, aunque la educación le preocupe lo mismo que la mosca del vinagre, ha degenerado en una frase altamente sospechosa de ser pura coartada o un lanzagranadas político contra el de enfrente.

     Lo más sensato es considerarla por defecto el apartado 0 de cualquier intervención política. Como si fuera una especie de carraspeo para afinar la voz y así pasar directamente al siguiente punto, que debería ser y casi nunca es una respuesta clara a esta pregunta: “¿Qué propone usted que hagamos?” . Ahí es donde se complica la cosa, porque entramos en un terreno en el que lo que cuenta es la credibilidad de quien habla y el contenido de sus propuestas, y no la mera reconstatación de los problemas, el volumen de sus proclamas o el color político que luce en la banderita de la solapa.

     Lo cierto es que la educación es ahora un territorio minado sobre el que algunos ciudadanos y la mayoría de los dirigentes políticos caminan como si fueran expertos (algún lector me ha reprochado exactamente lo mismo a mí), con ese áspero aire tabernario de “esto lo arreglo yo en un pispás”, mientras algunos otros huyen medio acobardados por la sospecha de que “esto no hay quien lo arregle”.
 
     Hay que reconocer que, con poquitas excepciones, a lo largo del tiempo no hemos tenido mucha suerte en cuanto a la altura de los políticos a los que les ha tocado ocuparse de ella, sea en el Gobierno central, en los autonómicos, en la oposición o en la oposición de la oposición. En 1999, ya dejó dicho el fallecido Gregorio Peces-Barba que “ningún presidente se ha interesado por la Universidad”. La frase es totalmente actualizable a 2013 si se cambia Universidad por educación en general. 

     Porque, a la hora de la verdad, quienes hacen solemnes declaraciones sobre su tremenda importancia la traicionan a los cinco minutos, la manipulan al mostrarse incapaces de llegar no a imposibles convergencias, sino a pactos suprapartidarios, y de camino la convierten en una especie de videojuego que, en ese mundo virtual en el que a veces se embriagan los políticos, les legitima para transformar al adversario en enemigo. Todo ello, a cuenta de la educación y con estudiantes, profesores y padres como rehenes de esa estrategia de la tensión.
 
     Lamentablemente, esa refriega se viene acompañada de un bombardeo de pueriles recetas milagrosas, como lo es cualquier fórmula unidimensional aplicada a la educación. Porque dada la complejidad del asunto, es mejor no aplicar recetas de trazo grueso e incluso tratar de evitar que políticos y expertos nos secuestren el tema.
 
     La educación es un sistema con tan extraordinarios vasos comunicantes como los del cuerpo humano (que hacen que un ligero dolor en el talón genere en dos días una lumbalgia acompañada de jaqueca) y con una tornillería tan delicada que, por ejemplo, cuando un ministro toca descuidadamente el sistema de “elección de centro”, puede acabar propiciando un modelo de “selección de alumnos” o cuando otro pretende democratizar los centros, acaban estos con un déficit de gestión que deja exhausta la capacidad de dirección de colegios e institutos. 

     El sistema educativo (por algo se llama sistema, porque funciona como tal) es muy complejo, con conexiones no evidentes, con alta sensibilidad a los cambios y una inercia nada despreciable (para lo malo, pero por suerte también para lo bueno). Y sólo gestores conscientes de ello pueden articular con inteligencia los delicados movimientos que necesitamos para mejorarlo. Como anécdota, cabe recordar lo que hace años decía en privado un ministro de Educación (hoy retirado de la política) que, aunque lo parezca, hablaba sin la menor intención de resultar cínico: “Estoy contento con mi gestión, porque creo que no he estropeado nada, y eso es a lo que puede aspirar un ministro de Educación en estos tiempos”. 

     En cualquier tiempo, los planteamientos inadecuados provocan en la educación un efecto masivo, pero tardío; devastador, pero temporalmente camuflado. Y a la inversa, cualquier propuesta de mejora, más o menos ambiciosa, no da frutos generalmente hasta una o varias legislaturas más tarde, lo que explica muchas cosas sobre la frecuentemente desidiosa política educativa. Pero además, nos ha tocado vivir en estos tiempos una situación extremadamente crítica como consecuencia de la crisis y las políticas de recortes que ha desencadenado. Si a ello se le añade la enorme vulnerabilidad de la educación respecto a las cuestiones ideológicas, se podrá llegar a aceptar la idea anterior de que la educación es un territorio minado. 

     Creo que lo más razonable es seguir exigiendo, cada vez con más intensidad, un gran pacto de Estado sobre la educación, porque es nuestra obligación moral y porque sería lo mejor para el país y para sus ciudadanos. Un pacto de Estado que aleje la mirada de la política y las cámaras de televisión y la ponga en el estudiante y en el aula. Y debemos exigirlo sin esperanza, pero con la cabezonería de quien persigue un bien moral.
 
     Porque en España nunca lo veremos. No tenemos políticos valientes para eso. Esa es una verdad incómoda, pero es una verdad.